Primera parte: La princesa y el Rey de Judea
Había una vez una princesa que vivía en un gran palacio de colores suaves ubicado en medio de las montañas. A lo lejos, pasaba un río que descendía de lo más alto, alimentando al lago que se vislumbraba desde las habitaciones ubicadas en el nivel superior del palacio; cuyas ventanas eran grandes y a través de ellas se podía mirar a los animalitos que se acercaban para tomar agua. Desde liebres hasta venados con sus crías; un par de gacelas, las cuales no mostraban temor alguno ante la presencia no tan lejana de los pastorcillos que cuidaban sus rebaños de ovejas y cabras. Diariamente pastaban en el valle mojado por el agua limpia y transparente de aquel lago. Cada mañana el sol calentaba la atmósfera, se evaporaba el rocío, y las flores recibían con alegría el canto de los pájaros que anunciaban, sin duda, el comienzo de un nuevo día. Por las noches, el agua tranquila y reluciente mostraba el reflejo nítido de la luna y las estrellas con todo su esplendor, las luciérnagas danzaban al canto de las cigarras, y los sapos acompañaban la dulce melodía. El palacio de las montañas era una construcción antigua y a la vez colorida. La princesa había decorado con gran esmero y cuidado cada habitación: los tapices en las paredes, los cuadros, los muebles, todo era grato y armonioso. Indudablemente era un lugar pintoresco y tranquilo para vivir. Pero a pesar de que vivía en un palacio, sabía que algo no estaba funcionando del todo bien. Ella sentía una tristeza profunda que le oprimía el pecho y que a veces no la dejaba ni respirar. La princesa trataba de ocultar su desencanto especialmente cuando había gente alrededor, pues pensaba que nadie la podía entender y peor aún, que nadie le creería. También tenía vergüenza de que alguien supiera lo que estaba ocurriendo dentro de las paredes del lindo y vistoso palacio ubicado en el valle, al pie de las montañas.
Entre todas las habitaciones existentes, ella prefería estar en la de en medio, decorada con piso de madera cubierto por una alfombra muy suave, casi blanca y sillones cómodos de terciopelo café. El aroma a jazmín que el cuarto emanaba le traía a la princesa dulces recuerdos que la remontaban a la dicha que había tenido durante su niñez. Esta habitación era el espacio de los secretos porque se encontraba justo en la parte central del palacio, con poco acceso al mundo exterior, salvo la ventana por la que entraba el aire fresco proveniente del bosque. Ingenuamente ella suponía que allí, ni los vecinos, ni la servidumbre podían escucharla llorar ese llanto agudo y a veces silencioso, tan solitario, y con un sabor amargo…justo como era su desencanto.
A pesar de que no platicaba lo que sucedía dentro de su castillo, algunas personas ya comenzaban a indagar y a hacerle preguntas. Últimamente su rostro se veía muy desmejorado, más desde que tuvo que inventar esa horrible caída para justificar el ojo derecho tan lastimado y las interminables marcas ya oscuras de sus brazos.
En la habitación de en medio, la mesa de té hacía la combinación perfecta con la chimenea humeante de la pared, sobre todo en los gélidos días invernales. En el fondo de la habitación del consuelo, había un mueble de repisas con más de una centena de libros, entre los cuales, uno era el más antiguo, el más grueso de todos y encuadernado en piel. La princesa heredó este libro de su querida abuela la Reina, mejor conocida como la Sabia Sofía, quien antes de partir a un largo viaje, escribió en él la siguiente dedicatoria:
Querida Nieta,
Tu nacimiento es motivo de gran alegría en todo el reino, tu llegada a este mundo anuncia la grandeza de la vida y el gran milagro de la concepción. Todos en esta tierra te acogemos con amor, tus padres y yo cuidaremos de ti porque eres muy amada y todo lo que hay en nuestro reino es tuyo porque tú eres nuestra. Este libro que te dejo es el más grande tesoro que una mujer así de hermosa, como sé que crecerás, puede recibir, es tu más preciada herencia. Si haces tuyas estas palabras y las atesoras y te entregas a la inteligencia y pides clamando con todas tus fuerzas por discernimiento; si buscas como se busca a un tesoro valioso pero escondido, entonces y sólo entonces, conocerás la verdad y comprenderás la justicia. La discreción te cuidará, y serán como una hermosa tiara de piedras en tu cabeza o mejor dicho, como un collar muy fino y muy costoso en tu esbelto cuello. Los caminos a los cuales este libro te guiará son placenteros y en sus senderos siempre habrá paz. Ahora tengo que partir, pero recuerda mis palabras, átalas a tu cuello y escríbelas en el libro de tu corazón.
Con todo mi amor,
Tu abuela, la Sabia Sofía.
La princesa había pasado largas horas meditando en las palabras de su abuela, aunque a veces no las comprendía del todo por más que se esforzara, en especial en esos momentos en que su vida parecía tan turbada y sin sentido. En medio de sus sollozos llamaba a la Sabiduría y cuando leía el libro se aferraba a sus enseñanzas y con todas sus fuerzas las atesoraba. Aún así, a veces sus ojos eran nublados y no podían ver el sol brillar. Tampoco sus oídos podían escuchar el apacible ruidito del agua correr ni el de los pájaros cantar. Era una princesa tan afortunada de vivir en este hermoso palacio; la vida le había dado todo. Bueno, al menos eso parecía.
Un buen día el ama de llaves buscó a la princesa que estaba como siempre solitaria, leyendo sentada en una banca, cobijada bajo la sombra del gigantesco abeto. Le traía una noticia que parecía importante.
–Princesa, al fin la encuentro – el ama de llaves respiró profundo para calmar su voz atareada y sin aire.
–Hay un hombre en el palacio el cual, a pesar de su aspecto dice ser un rey y según él viene de muy lejos única y exclusivamente a verla– continuó la mujer que era de aspecto amable, de estatura corta, y un poco obesa.
– ¿Qué le digo? -preguntó mientras limpiaba con el mandil el sudor de su rostro.
–Hay un hombre en el palacio el cual, a pesar de su aspecto dice ser un rey y según él viene de muy lejos única y exclusivamente a verla– continuó la mujer que era de aspecto amable, de estatura corta, y un poco obesa.
– ¿Qué le digo? -preguntó mientras limpiaba con el mandil el sudor de su rostro.
– ¿A mí? ¿Un rey?, qué raro –preguntó inquieta y frunciendo el entrecejo – Dime, ¿quién es este rey que desea verme y qué tiene su aspecto que ha llamado tanto tu atención?
– Mire princesa, este rey no viste como un monarca. Su carruaje no es una linda carroza tallada de madera ni mucho menos cubierta con oro, de hecho ni siquiera trae caballos. Este rey llegó nada más y nada menos que un burrito flacucho y un poco desnutrido, por lo que el cocinero Matías ya le dio algo de comer al pobre animalito, pues como ya le dije, parece que viene de lugares muy lejanos. La ropa que trae el rey es muy sencilla: nada más una túnica y sus zapatos son tan sólo un par de sandalias algo gastadas – el ama de llaves movía los brazos asombrada por la apariencia del rey y monarca. – Para que se lo imagine mejor, piense en el aspecto de un pastorcillo de ovejas. Eso sí, este rey es muy amable y muy cordial y no se por qué hasta mi nombre sabe. Él solicita verla y dice que viene de parte de su abuela, la Reina Sofía.
– Mire princesa, este rey no viste como un monarca. Su carruaje no es una linda carroza tallada de madera ni mucho menos cubierta con oro, de hecho ni siquiera trae caballos. Este rey llegó nada más y nada menos que un burrito flacucho y un poco desnutrido, por lo que el cocinero Matías ya le dio algo de comer al pobre animalito, pues como ya le dije, parece que viene de lugares muy lejanos. La ropa que trae el rey es muy sencilla: nada más una túnica y sus zapatos son tan sólo un par de sandalias algo gastadas – el ama de llaves movía los brazos asombrada por la apariencia del rey y monarca. – Para que se lo imagine mejor, piense en el aspecto de un pastorcillo de ovejas. Eso sí, este rey es muy amable y muy cordial y no se por qué hasta mi nombre sabe. Él solicita verla y dice que viene de parte de su abuela, la Reina Sofía.
– ¡El rey viene de parte de mi abuela! – exclamó la princesa poniéndose de pie en un salto y sintiendo cómo su corazón súbitamente se le estremecía al oír mencionar a su querida abuela.
–¿Acaso este rey la conoce? ¿Te dijo su nombre? ¿Él sabe cómo está mi abuela?
–¿Acaso este rey la conoce? ¿Te dijo su nombre? ¿Él sabe cómo está mi abuela?
– No, no en realidad yo no platiqué con él, sólo medio alcancé a escuchar cuando le decía a Matías que era de por ahí de la región de Judea.
– Muy bien, en un momento estoy con él, dile al rey que me espere en el salón de en medio. En seguida iré. Puedes retirarte.
Una mezcla de inquietud, intriga y emoción rodearon a la princesa cuando le hablaron de su abuela a quien no había vuelto a ver desde su niñez. De inmediato su mente se remontó a la última vez que la vio justo antes de su partida. La recordaba como una mujer muy bella a quien ella amaba y extrañaba tanto. Sin dudarlo se dio prisa y bajó de inmediato al encuentro del rey que estaba de pie esperándola en el cuarto de en medio. Al entrar, ella lo miró y al instante quedó impactada por la expresión de su rostro y por la profunda mirada de sus grandes ojos negros y su cálida sonrisa… él proyectaba paz. La princesa simplemente perdió el habla quedándose por unos instantes viéndolo a los ojos y extraviándose en la noción del tiempo. Parada frente a él sin poder articular palabra alguna, pasmada, perpleja. Así pasaron unos instantes, ella no supo del tiempo que transcurrió como un leve suspiro en la eternidad. La invadía un sentimiento extraño y su semblante delataba su constante agonía, en su interior clamaba por cariño y un poco de comprensión. La princesa de los sueños rotos estaba parada frente al Rey con la esperanza que la duda incierta atacaba. Sin embargo, al final había de vencer la certeza de estar cara a cara porque había llegado justo aquel momento. Así de sublime era la grandeza y la gloria de de este gran encuentro.
Hasta que por fin el rey habló:
Hasta que por fin el rey habló:
– ¿Qué tal princesa? Espero no incomodarla con mi presencia, pero he venido desde lejos con un mensaje importante de parte de su abuela la Reina, la Sabía Sofía, y de parte de mi padre, el Rey Soberano, el Anciano de Días. A quienes les han llegado noticias poco alentadoras.
– Un momento, entonces si su padre es el Anciano de Días usted debe ser…, usted debe ser…, usted debe ser… – la princesa aún no podía articular las palabras.
– Si, Yo Soy, el Príncipe de Paz, algunos me llaman el Consejero. ¿Sabe? uno de los mensajeros de mi padre y de su abuela les comunicó acerca de las muchas ocasiones en que la han visto sola, llorando, a veces desesperada, caminando sin rumbo por la orilla del lago. Ellos sospechan que algo muy grave está sucediendo; intrigados y preocupados desean saber lo que pasa. Como verá –continuó el rey– yo he sido enviado a ayudarla, a escucharla y a estar con usted.
–¿A qué se refiere? – preguntó con extrañeza la princesa– ¿Que me vio quién? ¿De qué mensajero me habla usted? No, no entiendo nada, le pido que por favor sea usted más específico, porque no entiendo.– Muy bien – con serenidad dijo el rey– pero quizá pudiéramos primero sentarnos a platicar al respecto. He sido enviado a darle buenas nuevas, vine a sanar a los quebrantados del corazón y a darles la libertad a los oprimidos. Yo princesa, traigo conmigo buenas noticias acerca del Reino de Dios.
– Un momento, entonces si su padre es el Anciano de Días usted debe ser…, usted debe ser…, usted debe ser… – la princesa aún no podía articular las palabras.
– Si, Yo Soy, el Príncipe de Paz, algunos me llaman el Consejero. ¿Sabe? uno de los mensajeros de mi padre y de su abuela les comunicó acerca de las muchas ocasiones en que la han visto sola, llorando, a veces desesperada, caminando sin rumbo por la orilla del lago. Ellos sospechan que algo muy grave está sucediendo; intrigados y preocupados desean saber lo que pasa. Como verá –continuó el rey– yo he sido enviado a ayudarla, a escucharla y a estar con usted.
–¿A qué se refiere? – preguntó con extrañeza la princesa– ¿Que me vio quién? ¿De qué mensajero me habla usted? No, no entiendo nada, le pido que por favor sea usted más específico, porque no entiendo.– Muy bien – con serenidad dijo el rey– pero quizá pudiéramos primero sentarnos a platicar al respecto. He sido enviado a darle buenas nuevas, vine a sanar a los quebrantados del corazón y a darles la libertad a los oprimidos. Yo princesa, traigo conmigo buenas noticias acerca del Reino de Dios.
Y así la princesa y el Rey de la región de Judea se sientan a conversar. Ella ordena un poco de té, ya más confiada y decidida comienza a relatar…
El relato de la princesa
¿Te gustaría escribir la historia acerca de lo que la princesa le cuenta al Rey? Puedes ser tan específica o tan escueta como quieras. No escribas pensando en que alguien más lo leerá, empieza a escribir lo primero que venga a tu mente. Quizá sean sólo palabras, quizá sean sentimientos, frases sin coherencia, un párrafo o quizá pueden brotar de ti hojas enteras. Antes de comenzar respira hondo, cierra lo ojos, mira al Rey frente a la princesa, contempla su rostro, sus ojos, su ternura. El rey ha hecho un largo viaje tan sólo por ver a esta princesa. Ahora mira la ropa del rey, mira sus pies, sus manos, su pelo. El no está de prisa, tiene todo el tiempo para oír y prestar atención. Él es paciente y siempre espera. Recuerda dónde ocurre la escena: es el cuarto de en medio, el lugar acogedor y de los secretos. Ahora abre los ojos y comienza…
