Cuentos de una Princesa Triste Segunda Parte


Segunda parte: La Pregunta del Rey

La princesa del gran palacio de colores suaves en las montañas, ha estado muy pensativa. Las palabras del aquel encuentro que tuvo con el rey de Judea se repiten una y otra vez en su mente, aquella última pregunta del rey: “¿Qué quieres que haga yo por ti Princesa?”, la ha tenido ocupada y expectante. Por primera vez en mucho tiempo puede ver una luz de esperanza en su vida tan atribulada. En realidad ella está asombrada, incluso incrédula que después de tanto tiempo se haya atrevido a hablar.
-¡Al fin!– se decía a sí misma- lo pude contar, lo expresé, me atreví a hablar.
Parecía como si ese nudo en la garganta y esa opresión en su pecho se estuviera, poco a poco, desvaneciendo desde el momento en que el rey de Judea apareció en su vida. Ella había roto el silencio y sintió que por primera vez en mucho tiempo alguien le había prestado atención. Este gran rey había creído en sus palabras sin cuestionarla y sin juzgarla.

Hablar con el rey de Judea no fue como aquella vez en que intentó buscar ayuda acercándose a dos personas que ella consideraba oportunas para guiarla. Se trataba del matrimonio formado por el señor y la señora Morales, quienes eran de carácter piadoso. Ella buscaba en ellos un consejo, unas palabras de aliento que le aliviaran un poco la desesperación en la que estaba sumergida. La princesa aún recuerda con dolor el consejo que le dieron los Morales, que al final de cuentas le había traído más problemas y más dudas que respuestas.
– ¿Y qué haces tú princesa para provocar la ira de tu esposo? ¿Acaso no has pensado en que tú también seas parte del problema?- ellos le decían.
– En todo tiempo, es la esposa la que tiene que servir a su marido en una actitud abnegada y sumisa, la respuesta blanda es la que aplaca la ira– la señora Morales le reiteraba.
– ¡Sométete princesa, ya verás como las cosas cambian! Haznos caso, mira ya cuántos años llevamos juntos. Si quieres yo me puedo acercar para hablar con tu esposo. Yo lo busco para platicar un rato con él- concluyó en aquel entonces el señor Morales.

¡Cuánto lamentó la princesa haberse atrevido a comentar lo que sucedía en su matrimonio! Dos días después, cuando el esposo llegó al palacio de la reunión con el señor Morales estaba furioso, a grandes pasos se dirigió a la habitación de en medio donde se encontraba la princesa. Con un fuerte golpe entró rompiendo la puerta y dirigiéndose directo hacia ella sin clemencia la amagó apretándola entre sus grandes manos, sus brazos musculosos dejaban ver las venas resaltadas por su gran agitación, con una voz estrenduosa le reclamaba.
– ¿Y quién te crees tú para ir a acusarme con esas personas? ¡Respóndeme! –la tomaba por los brazos y la sacudía violentamente sin darle oportunidad de decir una sola palabra. La princesa forcejeaba en su intento por huir del agresor lo cual ocasionaba que él la estrujara con más vehemencia y le causara aún más daño. Era una lucha sin tregua, sin misericordia, sin piedad, ni equidad de fuerzas.
–Por tu culpa, ahora ellos se van a volver en mi contra. Estoy a punto de cerrar un negocio importante con el bufete del mejor amigo del señor Morales. Y tú lo vas a echar a todo a perder. ¡Eres una mal vivida, no usas el cerebro, siempre me fastidias, eres una inútil y una buena para nada!-
Bofetadas, ruptura de nariz, ojos hinchados, brazos lastimados, golpes en las piernas, sangre en el piso... la dulce princesa se desvaneció perdiendo el conocimiento. Fue hasta el día siguiente al abrir los ojos que sintió todo su cuerpo adolorido, casi no se podía mover, estaba recostada en su alcoba y ahí sentado frente a ella estaba él algo preocupado, consternado tal vez de haberla herido de más. Y a pesar de lo confundida y lo devastada que quedó la princesa después de aquella agresión, se propuso en un intento genuino y sincero, tratar por todos los medios de seguir el consejo de los Morales quienes eran un matrimonio con experiencia y eran felices, o al menos así lo parecían. Después de todo él parecia arrepentido, todos los días por más de una semana le mandó flores y se mantuvo atentó a sus necesidades. Esta vez la princesa trataría de ganarse con actos de servicio y de amor el cariño de su esposo.
– ¿Acaso no vale la pena seguir intentándolo?, él es el padre de mis hijos– la princesa pensaba.
Un buen día le organizó una fiesta de cumpleaños sorpresa. La princesa planeó con mucho esmero el menú, con sus delicadas y frágiles manos preparó platillos suculentos: caviar, salmón en salsa de moras silvestres, coliflores y espárragos frescos, tarta de manzanas verdes con grato olor a canela. Los invitados, amigos y familiares, disfrutaron tanto la comida que era digna de unos verdaderos cortesanos. Todos la felicitaron por lo agradable de la reunión y sobre todo por la rica comida, todos menos él ya que cuando los invitados se marcharon él como siempre, le reclamó:
–¡Yo no quería eso de comer! ¿Por qué no preguntaste primero lo que me apetecía? Eres egoísta y piensas en ti todo el tiempo, yo no quiera quería una fiesta de cumpleaños.
En otra ocasión y para su aniversario de bodas, la princesa mandó diseñar con el carpintero del pueblo un mueble especialmente hecho para él. Con alegría el día esperado llegó y con una tarjeta ella le expresó su gran amor hacia la familia que ambos tenían. Esta vez el esposo recibió el obsequio con un gesto de gratitud; aunque la princesa, nuevamente quedó devastada al ver que él no tenía absolutamente nada preparado para ella. No hubo una cena romántica, no recibió una tarjeta, y tampoco le dio un abrazo cálido en el día de su aniversario.
Los días transcurrían lastimosa y oscuramente. Una vez más, después del último embarazo y de muchos esfuerzos por bajar de peso, la princesa se puso aquella ropa que le quedaba de maravilla. Parecía tan joven y tan esbelta. Pero, como siempre, ni en esa ni en otras ocasiones él elogió su belleza, no lo cautivó la hermosura de su esposa.
Así, las esperanzas y el corazón de la princesa cada día se iban secando. Fue entonces cuando ella hizo la siguiente oración:“Dios, sé que no he sido la mejor esposa. Sé que tengo muchos defectos y que no soy perfecta. Tú has visto cómo me he esforzado por servirlo y por amarlo. Pero me siento ya sin ganas para seguir dando así de esta manera, creo que ya no puedo más, ya no tengo fuerzas. Creo que a pesar de mis deseos nada cambia sino que cada vez se pone peor, sus agresiones van en aumento. Creo que cada vez soy un mejor blanco para sus ataques. ¡Mírame Dios! Ya no tengo vida, mis sueños se han ido, vivo solo para agradarle. Estoy exhausta de amar sin que amen, de servir sin que me sirvan, de dar sin que me den. Estoy decepcionada porque imaginé mi vida de pareja de otro modo y no logro ver un futuro mejor para mí ni para mis hijos. Por favor ¡ayúdame Dios!”

Y después de esta oración no pasó mucho tiempo cuando el rey de Judea apareció. Sí, ya recuerdan el capítulo anterior en el que él simplemente se presentó en el palacio con un mensaje de parte del Rey Soberano, el Anciano de Días y de la Reina, la Sabia Sofía. La entrevista con el rey de Judea había traído tanta paz al corazón atribulado de la princesa. Mientras ella hablaba con el rey de Judea, él se mostró muy atento a cada palabra que ella expresaba, el rostro del rey irradiaba mucha compasión. La princesa nunca imaginó que un rey tan importante y noble, pero a la vez tan sencillo, viniera desde muy lejos sólo para verla y para preguntarle acerca de lo que estaba aconteciendo en su matrimonio. Este rey se interesaba por los acontecimientos que nadie más veía cuando no había gente alrededor. Él quería saber acerca de esa historia hosca y violenta que ocurría dentro de las paredes del palacio ubicado en medio de las montañas.
– ¿Acaso soy tan importante?– preguntaba la princesa- ¿Cómo este rey se tomó el tiempo para escucharme? Y sus ojos… jamás olvidaré su mirada, es como si él sintiera lo mismo que yo siento. Se veía consternado e incluso indignado por todo lo que conté. Me veía con gran amor, él me dio confianza, seguridad, justo en medio de mi confusión. Me dijo que se encargaría de comunicar lo que le había contado a su padre, el Anciano de Días, también dijo que juntos me iban a ayudar. Pero antes de despedirnos, me dejó por unos instantes perpleja: “¿Qué quieres que yo haga por ti? ¿Qué es eso, lo que tanto anhelas?-
Aquellas preguntas llevaron a la princesa a buscar en su corazón y en sus sueños rotos las respuestas. Sabía que no se trataba de hacer cualquier petición, sino que sus palabras incluirían sus anhelos y sus deseos más intensos por hallar paz, una vida plena y digna en donde la violencia fuera como un sueño del cual no tuviera jamás memoria ni recuerdos.
Entonces, titubeante en aquella ocasión respondió:
– No sé bien lo que deseo, me siento como paralizada. Creo que no sé, no sé bien mi respuesta, no sé qué pedirte. Quizá en un tiempo sabré mejor qué es lo que deseo porque yo sé bien que con el pasado nada se puede hacer, ya pasó, ya quedó atrás. Desear no haberme casado con él es imposible. Veo como si mi vida fuera un libro en el cual hay páginas que ya han sido escritas y que no se pueden borrar, porque ya están llenas con tinta permanente. Pero, por otro lado, veo que en libro de mi vida aún hay páginas que no se han escrito, que están blancas y en espera de ser llenadas.Y luego, rey- continuó la princesa- ¿Cómo tú me pides que yo sepa bien en estos momentos qué es lo que quiero? ¡Si a veces ni yo misma sé quién soy! ¡Mucho menos voy a saber lo que quiero! Es más, me puedo equivocar en mi petición…, y sin embargo…, umm…, tú, tú sí sabes quién soy yo, tú me conoces rey, tú eres Soberano en todo el reino, y no hay nada que se esconda delante de ti. Yo me puedo equivocar pero tú, ¡tú gran rey no te equivocas jamás!
-Bien, bien has dicho, princesa –respondió el rey en aquella ocasión- tú sabes que soy Soberano y que soy el rey. Y veo que tienes muchas dudas. Piensa bien princesa y toma el tiempo que necesites. Yo por mi parte siempre estaré atento a lo que tengas que decirme.-
Y ahora, después de tanto meditar, la princesa sabía que en medio de su confusión ya había logrado poner en forma su petición. La próxima vez que ella viera al gran rey le pediría lo siguiente:
- Si lo que queda de mi vida es como un libro que aún no se ha escrito ¡oh gran rey de Judea!, si el libro de mi vida de este momento en adelante está completamente en blanco, quisiera pedirte esta vez que seas tú el que tome una pluma, y el que se siente a escribir en él la historia que tú quieras. Sólo te pido que seas tú el que personalmente escriba, no mandes a ningún escribano mensajero. Que la historia de mi vida salga de tu puño y de tu letra, que de tu corazón tan bueno surjan las palabras que den forma a la historia de mi vida. Y que por favor recuerdes todos los detalles, toma en cuenta que yo soy mamá, que soy mujer, soy muy frágil, y soy una princesa. Siéntate tú rey de Judea en tu silla más cómoda, toma pluma y papel y mira en lo más profundo de mi corazón y a partir de ahí inspírate. Esta vez yo te pido que seas tú quien hable y quien plasme la historia. ¿Qué harás tú con esto que ya soy? ¿Cómo escribirás? ¿Qué redactarás? No lo sé, pero confío en que, si eres tú quien la escribe, algo hermoso resultará. Puedo vislumbrar una historia de redención, de oportunidad, de cambio, de esperanza, de paz y de amor. ¡Oh sí! ésta es mi petición: que escribas tú, oh gran rey de Judea, la historia en las páginas mi futuro.