Cuentos de una princesa triste

Tercera parte: El juego de la botellita de jerez

Soy la princesa, aquella que vivía en el gran palacio de colores suaves de en medio de las montañas, cuya historia comenzó en el episodio anterior, ¿me recuerdan? Apenas y unas páginas atrás yo era la turbada heredera del reino, aquella a la que le gustaba leer en el cuarto de en medio y la que disfrutaba pasear solitaria alrededor de los jardines verdes y coloridos de mi viejo palacio. Y la que a pesar de vivir en aquel esplendor de la naturaleza de las montañas con toda su magia, no era feliz. Ya les había contado de los verdes pastos, de los grandes árboles, de los campos floreados, y del suave y apacible sonido del agua del río que corría hacia el nicho que desembocaba justo atrás de mi palacio. Además, no se olviden del dulce canto de los pajarillos, de las cigarras, de los grandes sapos. Y a pesar de tanta hermosura, aquellos eran tiempos turbulentos, mis ojos no podían ver durante el día el sol brillar ni por la noche podían la luna contemplar. Era una princesa tan afortunada de vivir en ese palacio, bueno o al menos eso parecía. Pero deja que te cuente de mis más vividos recuerdos y de mis más íntimos secretos en especial de aquel día en el que sin pensar jugué como cuando era niña a la botellita de jerez…

Lo primero que viene a mi mente es el sonido abrumador de su voz masculina, tan aguda, tan alta, siempre demandado, siempre culpando, sin piedad reclamando lo que fuera: los platos sucios, la comida caliente, el bebe llorando, o la mosca volando. Todo el tiempo, de mañana, por la tarde, o en la noche. Lo más aterrador no era su voz en sí, si no más bien mi temor, mi miedo, mis dudas, mis preguntas – ¿qué hice mal esta vez?, ¿en qué me equivoque?
Y mi oración a veces silenciosa otras veces tan ruidosa, mi voz y mi alma clamando – ¡Dios mío ayúdame, no se qué hacer, no se qué pasa, no lo logro entender!
Yo me preguntaba acerca del final del cuento, si ya saben ese que dice que se casaron y fueron felices para siempre, ¿no acaso aplicaba para mí?, si después de todo se supone que soy princesa.
A veces él me empujaba, me pateaba, rompía la puerta, aventaba lo que tuviera en las manos y se marchaba, según él a trabajar. Cuando hacía esto me preguntaba si esta vez los vecinos lo habrían escuchado, a mí me daba vergüenza y sentía mucha pena. Sus palabras tan grotescas, tan obscenas, era bizarro y era violento. ¿En dónde se aprende a hablar así? Y pensar que hasta antes de conocerlo yo nunca había escuchado tal vulgaridad, ningún ser humano me había tratado de esa manera, nadie me había mirado con tanto odio, con ese desprecio irracional que le brotaba en cada poro, su mirada cambiaba, él se transformaba, su mandíbula se tensaba, sus puños se cerraban, sentía que venia hacia mí y me iba a atacar, y yo temblando le decía – ¿qué te pasa? Mírate, cómo reaccionas.
Y entonces él me respondía – es porque tú no te callas, nunca dejas que me exprese para que yo me calme, es tú culpa
Y entonces yo pensaba –él es más fuerte que yo y no puedo ponérmele al brinco, él me puede dañar y yo no tengo fuerzas físicas para defenderme, yo soy mujer y soy princesa. Soy fuerte por dentro pero tan enclenque y flacucha en mi cuerpo.
Y después del ataque venía la calma, como siempre me levantaba a seguir luchando casi siempre llorando pero nunca olvidando ese mi gran milagro, que me liberara trayendo de vuelta mi vida esa como la de los cuentos, si después de todo ¿no se supone que soy princesa?
Y aún ahora me pregunto ¿en qué momento lo permití y en qué momento me abandoné? Tenía dudas, tenía miedo, y también mucha vergüenza, además no sabía si podría sola.
Un día sin pensar jugué aquel juego de la botellita de jerez que solía jugar con mis primas que también son princesas y que ahora viven felices con sus familias en un reino lejano, yo tenía siete años. El juego consistía en que cuando no nos gustaba algo que nuestra compañerita de juego nos decía simplemente cantábamos la cancioncita de la botellita de jerez. Esto funcionó, vaya que sirvió y no se si por simple sentido común o quizá por las palabras de mi abuela la reina, la sabia Sofía. El día que jugué a cantar no lo planeé, simplemente surgió. Fue entonces que cuando él gritó “vieja fodonga…buena para nada…eres una inútil…no me sirves para reina…tu no eres una buena mujer...” ese día de verdad me quede muda, no dije nada “ni pio”. En mi interior yo solo vislumbré y recordé mi niñez, como si una película de pantalla ancha estuviera frente a mí, y yo como la protagonista cantando esta vez no a mis primas sino a él, no lo dije con mi voz pero mi corazón y mi interior entonaron la divertida melodía que hasta ahora recuerdo cómo la disfrute. Aquel día como una niña juguetona y divertida canté: “botellita de jerez todo lo que me digas será al revés” entonces me reí, mi rostro se iluminó, mi alma se liberó, mis ojos se abrieron, mi milagro comenzó, en ese entonces fui yo la que se dio la media vuelta y se marchó.

Te identificas con alguna parte de la historia. ¿Cuál?
¿Cuál es la parte de la historia qué se te hace más valiosa? ¿Por qué?